A través de Cartas al Director del diario «El Mercurio» una apoderada relata la dificil  y dolorosa experiencia de encontrar un colegio inclusivo para su hijo con necesidades especiales y se pregunta ¿son nuestros hijos los que tienen dificultad en el aprendizaje o son los colegios los que tienen una dificultad de enseñanza?

Señor Director:

Me permito comentar el reportaje de la búsqueda de colegio inclusivo (17 de noviembre), ya que como familia estuvimos envueltos en esta pesadilla durante dos años.

Mi percepción es que el reportaje se queda «corto»: el proceso es cruel y duro para todos los niños y sus padres, aun más cuando los niños tienen necesidades especiales.

Luego de investigar las opciones de 64 colegios, postulamos a alrededor de 10, en los que:

-Felipe dio el mejor examen de admisión regular en un colegio de Vitacura, pero no lo aceptaron al revisar en detalle su diagnóstico.

-En un colegio de Providencia no quedó porque «tenían miedo de cómo se frustraría en el futuro al comparar sus logros con el resto de los niños». Ese mismo colegio me dijo que estaban trabajando para ser inclusivos: estaban haciendo una rampa de acceso para sillas de ruedas.

-Después de postular, siempre siendo muy abiertos con el diagnóstico de nuestro hijo, la orientadora y exdirectora de un colegio en Camino del Alba llamó a su trastorno «una enfermedad o síndrome». A esas alturas ya habíamos pagado el examen de admisión y habíamos esperado por 45 minutos a que la profesora le hiciera el examen.

Otro colegio nos dijo que no había cupo de integración disponible, y luego de hablar con contactos dentro del mismo, nos dimos cuenta de que el cupo estaba disponible para niños con síndromes más conocidos y fáciles de «manejar en grupo».

Mi pregunta es ¿son nuestros hijos los que tienen dificultad en el aprendizaje o son los colegios los que tienen una dificultad de enseñanza?

Solo me queda decir de manera incansable que nuestros hijos son la herramienta de ayuda para que niños «normales» aprendan a ser empáticos, respetuosos y abiertos a la diversidad, y esos «niños normales» son el trampolín de máxima potencia para que nuestros niños se desarrollen y aprendan a lidiar con un entorno que, en ciertos casos, es muy cruel y adverso.

M. Francisca Guajardo Kraljevic 

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